Se acercan las elecciones municipales en nuestro país, a realizar en apenas 10 días, el domingo 28 de octubre, y la juventud chilena de manera vertiginosa se ve afrontada al dilema de votar o no votar, especialmente acentuado por la aprobación en 2011 del proyecto de ley por la promoción de la inscripción automática y el voto voluntario, un incentivo a la gran masa de hombres y mujeres que en edad de sufragar no lo hacen, y que representan una gran parte de la población con derechos civiles y ciudadanos. La duda es de todos y tiene sentido ¿vale la pena votar en el viciado sistema político chileno, aún heredero de la dictadura y que parece no ofrecer más que lo mismo de siempre, caras amables en cartografías de cuneta y partidos políticos corrompidos por el orden y el poder?
Evidentemente la duda es legítima, incluso necesaria, siendo el cuestionamiento al orden de la sociedad en estricto rigor la primera labor cívica del ciudadano comprometido con la sociedad y su comunidad, lo que nos lleva a reconocer los motivos de la desconfianza, las razones del desprecio por lo político y del aumento de los desinteresados, especialmente en la población más joven de nuestro país.
La cosa es que después de 17 años de dictadura en Chile, el
sentido cívico y de labor ciudadana, fecundo y provechoso hasta principios de la década de los 70, se
desmoronó en buena parte de la población chilena cómoda en un sistema
autoritario, que de restringidas libertades colectivas e individuales, abogó
por las bondades materiales y económicas aseguradas por un sistema capitalista
de libre mercado (impulsado entre otros por nuestro actual presidente,
Sebastián Piñera). Basten los números del plebiscito del 88’ para corroborar lo
conservador de la población chilena: el 44% aprobaba el mandato de Pinochet
hasta entonces, sumando más de 3 millones de hombres y mujeres. Venido abajo el
régimen tras el plebiscito (según algunos, deudor del hábil manejo
comunicacional de unos pocos), la sociedad chilena optó por volver a casa a
encerrarse en los ecos del toque de queda antes que salir a la calle en la
lucha por un cambio real del sistema impuesto en dictadura, aún resentida y
afectada por la violencia que construyera una generación entera de silencio y
masacrara otra, que en sus tiempos, rebosara de sueños y esperanzas. La
concertación como bien sabemos, vino a mantener el orden ya existente, sucesora de la dictadura, comprometiéndose con el sistema que antes atacara y
continuando su labor de sistematizada privatización de bienes públicos y
nacionales. Fueron más de quince años de silencio de la sociedad chilena,
incapaz de manifestarse públicamente por temor quizá, en los que el aparato
estatal, y más estrictamente, la concertación se ancló al poder apelando continuamente
al pasado y al miedo para su auto-conservación. Las primeras movilizaciones “pingüinas”
del 2006, en este contexto, significaron un punto de inflexión que de ahí en
adelante ha dado pruebas de constituirse como un símbolo de la insurrección, de
la desobediencia civil y del alza de sectores por mucho tiempo acallados (o
auto-acallados si se quiere), ya no dispuestos a simplemente admirar la rutina
política silentes y distantes. Es en esta coyuntura de cambio, de descontento y
de revueltas sociales que la derecha chilena llegó a la presidencia, con las
consecuencias nefastas para su coalición, como ya sabemos, dado el complejo escenario
que le ha tocado asumir, con un mandatario con apenas el 27% de aprobación según
la última encuesta CEP (21 de Agosto).
La juventud chilena que hoy se debate entre sufragar o no,
es la misma juventud que ha admirado en los últimos 10 el devenir político de
Chile, que ha participado activamente de los movimientos sociales de
multitudinaria adherencia (asociados a la causa ambientalista o educacional) y
que ya no se fía de las vías constitucionales y burocráticas para la expresión
de su malestar político-social, para la reivindicación de sus justas demandas.
Son muchos los convencidos de la ineficacia e ineficiencia absoluta del sistema
democrático chileno, aún regido por el binominal, incapaz en su estado más puro
de ser representativo del voto popular. Pero esa misma loable insurrección nos
ha costado otro tanto: en 6 años de movilizaciones sociales, casi permanentes, el
sistema político se ha coludido para no permitir su producción en términos
legislativos, cerrándose sobre si mismo y dándole la espalda a un movimiento
indudablemente multitudinario y de mayorías. Y han sido los costos por no jugar
al juego que juegan los de siempre, las elites políticas y económicas que
tienen el poder en el congreso, en la sede de gobierno y muchas veces, en
nuestras propias comunas. El gran problema es que como la población votante
envejece (ciudadanía madura de voto fijo) y la población joven se margina de la
burocracia política, el sistema solo tiende a la auto-reproducción, dejando sin
vías a los nuevos movimientos y tendencias, excluyendo a los que se excluyen.
Aún peor, encuestas revelan que los jóvenes que si se han inscrito o pretenden
votar para las próximas elecciones son representativos de los sectores más
acomodados y conservadores de la sociedad, haciendo aún más marcada la
diferencia existente entre la realidad social y la realidad política.
Demás está decir que el futuro de la vida política de Chile
está en manos de los nuevos actores sociales y movimientos independientes que
aún no cristalizan en un camino institucional (mas que deberían próximamente),
y que ese futuro depende de las acciones que tomemos en nuestras propias
realidades por mínimas que sean. Cualquier acción pública, desde el voto de
preferencia al anulado, es una muestra de algo, una acción, el motor de un
nuevo andar, y no debe ser despreciado, a mi juicio, por las juventudes que
hoy, como la selección chilena, juegan bien pero no anotan.
Buen remate, yo creo si la juventud se quitase la paja de encima, el porcentajes de "anula con la tula" será considerable y eso siempre es bienvenido. Ahora bien, independiente del destino del foto, es necesario dar cuenta que la única forma de ser esa estadística hinchapelota (en el caso del nulo) o "propositiva" (en caso de algún joven anclado a los ideales del siglo antes pasado) es votando. Buena, buena, me gustó.
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