Es fácil hacer la autocrítica
colectiva y decir conscientemente “Chile es un país de chaqueteros”. En efecto,
típicamente nos reconocemos como tales, casi como si fuera parte de nuestra ideosincracia (y al parecer, lo es), pero ¿hasta que punto asumimos como individuos
particulares esa debilidad y deleznable actitud en nuestra propia conducta? Por
que, pongámonos de acuerdo en algo, ser chaqueteros no es una cualidad de la
que podamos sentirnos orgullosos.
Pareciera ser que es de
conocimiento popular esa debilidad nuestra por acerrucharle el piso a nuestros compatriotas, ya sean compañeros de
trabajo, familiares o artistas del medio, por buscarle la quinta pata al gato para encontrar el
detallito objetable que los descomponga, siempre con el fin último –usualmente
maldadoso- de encontrar la hilacha
escondida, que tirada con fuerza y de un tirón, los deje desmoralizados y como
destejido chaleco de mono. Lo peor es
que el ser chaquetero se refiere única y exclusivamente a nuestra relación con
la comunidad cercana, excluyendo como posibles blancos –como también es sabido de
manera popular- a extranjeros con características fenotípicamente europeas.
Hace falta que llegue a nuestro país un tipo alto, de pelo claro y ojos de
color para que nos derritamos como quinceañeras de película gringa y actuemos
como los nobles humanos que en la cotidianeidad no somos y que solo fingimos
ser ante el atractivo espectáculo cultural. Y esta actitud evidencia que no es
que seamos una sociedad crítica, reflexiva o exigente de alto estándares de
calidad en todo sentido (de hecho, la vida política, social y cultural en Chile
si así fuera, sería una cosa bastante distinta), sino que somos exactamente lo
que chaquetero define muy bien: una sociedad en la que se desprecia el éxito de
los pares, no comprendiendo sus victorias personales como victorias a la vez
colectivas (estableciendo como a priori
que si una victoria no es colectiva, en el amplio sentido de la palabra, no es
victoria). De ese modo y en pocas palabras, somos una sociedad de envidiosos, a
vista y paciencia de todos y que en apariencia no tiene ninguna gana de
cambiar.
Alzo la voz por este medio y de
esta forma porque a estas alturas ya me parece clásico y repetido el comentario
del porque no se hacen fama buenas bandas en nuestro país (como las hay en Chile
y aunque usted no lo crea). Alzo la voz también porque veo a todos muy
tranquilos criticando desde su sitial de oro cada idea que rupturista,
vanguardista o de avanzada se ve opacada por los mil defectos humanos de sus
promotores, colectivos y agrupaciones, como pidiendo la perfección apolínea a
cada proyecto emprendido, con buena voluntad y un esfuerzo considerable en el
peor de los casos. Yo estoy de acuerdo en que no hay que estar de acuerdo,
perfecto, estamos de acuerdo, pero si es así, hagamos algo por ello y no
esperemos de brazos cruzados que la oportunidad de participar en algo
significante y con sentido nos llegue del cielo o de nuestro elevado y
especializado sentido crítico.
Como he escuchado en sesiones de
autoayuda para alcohólicos anónimos, lo primero que deberíamos hacer es asumir
profundamente nuestra debilidad como sociedad para intentar repararnos, y no
simplemente quedarnos en el discurso popular de “somos y qué” o “somos lo que
somos”, porque somos lo que queremos ser (aunque duela aceptarlo) y cambia,
todo cambia, como diría la negra. Quizá un buen primer paso sería el de pensar
dos veces antes de dar un juicio agresivo y deslenguado acerca de alguien,
quizá pensar en que todo tiene su razón de ser y que incluso hay razones que
exceden a lo posible de comprender, y antes de proferir cualquier discurso
ácido y ponzoñoso, pensar en la necesidad de la molestia y plantearse la
novedosa pero sencilla opción de callar, porque el resto tiene derecho a
hacerse su propio juicio y también, porque no decirlo, a vivir sin el vómito
permanente de un chaquetero más. Y no, no soy Jesús.
Ahora claro, no va a faltar el chaquetero.
Ahora claro, no va a faltar el chaquetero.
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