lunes, septiembre 10, 2012

Igualando la memoria a la herida

Perdido el ONCE en el horizonte, tras un ocaso de recuerdos, testimonios y homenajes, empieza a nublar el cielo de nuestra ya oscurecida memoria la densa bruma del olvido y la pereza. La prensa amarilla, la televisión barata, la importación de tragedias y los sentimientos patrióticos dieciocheros nos regresan a la vida cotidiana, en la que la memoria y la comida del perro tienen importancias igualadas y parece no haber distinción a la hora de establecer órdenes de gravedad: la evidencia más desgarradora de que Chile es un país sin memoria (o en el mejor de los casos, una artificiosa y falaz construcción).


En Chile cada ONCE se vive como un toque de queda. A media tarde cesan las actividades  y todos, como evocando la dictadura, nos guarecemos silentes en casa, amparados por altos muros y sendas rejas. Desde estudiantes a trabajadores, todos comentamos la violencia que nos acecha estos días, y por no comentarla, hablamos de las noticias que buscan alivianar el ambiente tenso tras el paso de las horas y el advenimiento de la oscuridad. Todos nos volvemos espectadores del fenómeno callejero desprovistos de reflexión, oyentes pasivos de un discurso repetido o taciturnos actores que callan por no avivar la llama de la discordia, siendo cada una de estas posiciones peor que la anterior, en una peligrosa curva exponencial. Los apagones, las barricadas, los bombazos y el fuego cruzado son señales para no olvidar, instituciones del pueblo para mantener vivo el recuerdo de una cicatriz profunda que de a poco se extingue en discursos que esconden el fundamento de la rabia, haciendo de la violencia y la delincuencia un solo término que distorsiona la esencia de la manifestación popular. Hacer de la violencia el tema central de un noticiario o una crónica fácil es esconder el por qué del recuerdo, negar lo sucedido y asumir que nada ha pasado.

El ONCE de septiembre es un día para pensar y recordar el pasado, un día para reflexionar acerca del “por qué estamos donde estamos” y del “dónde empezó todo”. Un día para hacer de cada ser humano muerto o desaparecido en dictadura símbolo de nuestra historia, no para  transformarlo en panfleto o mártir de piedra, sino que para apreciarlo como testigo de la masacre física, ideológica y cultural de Chile, como marca indeleble de aquel cuento mal contado, de aquella dolorosa herida que aun vive en miles de hombres y mujeres que recuerdan como ayer el día en el que el buen sueño soñado se vino abajo, cargando consigo las consecuencias que ya conocemos.

Mutilar la conversación, evitar el diálogo, hacer oídos sordos a diferentes versiones y negar la diferencia de perspectivas es el medio que por veinte años hemos utilizado para convivir en paz y no recordar aquella oscura sombra en la republicana historia de nuestro país. El silencio nos ha vuelto odiosos, agresivos, orgullosos y solitarios, incapaces de hablar serenos o sencillamente incapaces de hablar: es demasiado el sentimiento que cargan a flor de piel las generaciones que vivieron las más despiadadas consecuencias del golpe militar, es demasiada roja la sangre en las heridas que no han cicatrizado y que jamás lo harán. No pretendamos por esto dejar en manos de los mayores la paz y la unión del pueblo, la resolución de un conflicto irresoluble para el que lo ha vivido en carne propia. Está en nuestras manos, en manos de las nuevas generaciones, retomar el diálogo y aunar voces para no seguir dividiendo a esta joven y frágil nación (y casi suena como conclusión del tema).

La cosa es que el resultado de nuestra incapacidad para afrontar el pasado se ha materializado en una evidente y perjudicial escisión social, una división en dos polos extremos: el polo de la abulia y el polo de la rabia. El polo de la abulia se corresponde con esa mayoritaria parte de la sociedad que evitando roces y malos ratos desatiende la trata del “molesto tema” que significa la dictadura en nuestro país, recurriendo a falsos discursos de unidad o buscando una inexistente objetividad en su propio discurso, un punto medio entre los “resentidos” de la izquierda y de la derecha. El polo de la rabia, nacido de los hombres y mujeres más directamente afectados por las consecuencias de la unidad popular y de la dictadura militar, suponiendo que ambas nociones son equiparables cuando en realidad no lo son (bajo la humilde perspectiva de su servidor), extiende el recuerdo empírico y bruto de su experiencia a las nuevas generaciones, sembrando la semilla del odio y del separatismo en juventudes incapaces siquiera de desarrollar un discurso independiente del de sus predecesores.

Luego de la obvia polarización inicial, coyuntural y contextual, no nos queda de otra que superar rivalidades, vincularnos entre todos, abandonar blancos y negros (sin afanes de neutralidad) e ir en la búsqueda de una sociedad mejor, intentando igualar la memoria a la herida y teniendo siempre presente lo vivido como para no olvidar jamás. 

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