En Chile cada ONCE se vive como
un toque de queda. A media tarde cesan las actividades y todos, como evocando la dictadura, nos guarecemos
silentes en casa, amparados por altos muros y sendas rejas. Desde estudiantes a
trabajadores, todos comentamos la violencia que nos acecha estos días, y por no
comentarla, hablamos de las noticias que buscan alivianar el ambiente tenso
tras el paso de las horas y el advenimiento de la oscuridad. Todos nos volvemos
espectadores del fenómeno callejero desprovistos de reflexión, oyentes pasivos
de un discurso repetido o taciturnos actores que callan por no avivar la llama
de la discordia, siendo cada una de estas posiciones peor que la anterior, en
una peligrosa curva exponencial. Los apagones, las barricadas, los bombazos y
el fuego cruzado son señales para no olvidar, instituciones del pueblo para
mantener vivo el recuerdo de una cicatriz profunda que de a poco se extingue en
discursos que esconden el fundamento de la rabia, haciendo de la violencia y la
delincuencia un solo término que distorsiona la esencia de la manifestación popular. Hacer de la violencia el tema central de
un noticiario o una crónica fácil es esconder el por qué del recuerdo, negar lo
sucedido y asumir que nada ha pasado.
El ONCE de septiembre es un día
para pensar y recordar el pasado, un día para reflexionar acerca del “por qué
estamos donde estamos” y del “dónde empezó todo”. Un día para hacer de cada ser
humano muerto o desaparecido en dictadura símbolo de nuestra historia, no
para transformarlo en panfleto o mártir
de piedra, sino que para apreciarlo como testigo de la masacre física,
ideológica y cultural de Chile, como marca indeleble de aquel cuento mal
contado, de aquella dolorosa herida que aun vive en miles de hombres y mujeres
que recuerdan como ayer el día en el que el buen sueño soñado se vino abajo, cargando
consigo las consecuencias que ya conocemos.
Mutilar la conversación, evitar
el diálogo, hacer oídos sordos a diferentes versiones y negar la diferencia de
perspectivas es el medio que por veinte años hemos utilizado para convivir en
paz y no recordar aquella oscura sombra en la republicana historia de nuestro
país. El silencio nos ha vuelto odiosos, agresivos, orgullosos y solitarios,
incapaces de hablar serenos o sencillamente incapaces de hablar: es demasiado
el sentimiento que cargan a flor de piel las generaciones que vivieron las más
despiadadas consecuencias del golpe militar, es demasiada roja la sangre en las
heridas que no han cicatrizado y que jamás lo harán. No pretendamos por esto
dejar en manos de los mayores la paz y la unión del pueblo, la resolución de un
conflicto irresoluble para el que lo ha vivido en carne propia. Está en nuestras manos, en manos de las
nuevas generaciones, retomar el diálogo y aunar voces para no seguir dividiendo
a esta joven y frágil nación (y casi suena como conclusión del tema).
La cosa es que el resultado de
nuestra incapacidad para afrontar el pasado se ha materializado en una evidente
y perjudicial escisión social, una división en dos polos extremos: el polo de
la abulia y el polo de la rabia. El polo de la abulia se corresponde con esa
mayoritaria parte de la sociedad que evitando roces y malos ratos desatiende la
trata del “molesto tema” que significa la dictadura en nuestro país,
recurriendo a falsos discursos de unidad o buscando una inexistente objetividad
en su propio discurso, un punto medio entre los “resentidos” de la izquierda y
de la derecha. El polo de la rabia, nacido de los hombres y mujeres más
directamente afectados por las consecuencias de la unidad popular y de la
dictadura militar, suponiendo que ambas nociones son equiparables cuando en
realidad no lo son (bajo la humilde perspectiva de su servidor), extiende el
recuerdo empírico y bruto de su experiencia a las nuevas generaciones,
sembrando la semilla del odio y del separatismo en juventudes incapaces
siquiera de desarrollar un discurso independiente del de sus predecesores.
Luego de la obvia polarización
inicial, coyuntural y contextual, no nos queda de otra que superar rivalidades,
vincularnos entre todos, abandonar blancos y negros (sin afanes de neutralidad)
e ir en la búsqueda de una sociedad mejor, intentando igualar la memoria a la
herida y teniendo siempre presente lo vivido como para no olvidar jamás.
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